Trece
la ultima curda
¿Qué no consigue la ebriedad?
Lo que está oculto lo divulga,
da por confirmadas lo que son esperanzas,
envalentona para la batalla al pusilánime,
aligera la losa de la preocupación,
aviva el ingenio.
De las Epístolas (1, V,16-18) del flaco Horacio.
María José siempre fue alcohólica.
Cuando recién nos conocimos, participamos en la organización de un congreso. Íbamos a buscar a los extranjeros en su renault azul metalizado. Firmábamos el vale de combustible, cargábamos en la esquina, sintonizábamos alguna radio de oldies y repetíamos los 20 kilómetros hasta Carrasco las veces que hiciera falta. En el camino planificábamos otras tareas: levantar banners y pósters, evaluar las opciones turísticas que les podrían interesar a los invitados.
Al principio me resultó extraño que aceptara encargarse del acarreo sólo si alguna de las nuevas la acompañaba, había demasiado por hacer en el centro: Yo pongo mi auto, pero no voy sola hasta el aeropuerto.
Ahora lo sé. Cerca del aeropuerto hay unos cuantos hoteles. Por lo general, los de cierto nivel tienen bar, ya que todos los hoteles cinco estrellas se parecen, pero las pulgueras lo son cada una a su modo. Para María José, siempre viajera, esos bares eran parte de la vida de hotel. Tomaba con la discreción y la vergüenza con la que se emborrachan las mujeres de bien. No todas podemos ser la vieja Dípsade de Ovidio1.
No iba a trabajar borracha, pero a veces aparecía un estertor al usar alcohol…sutil, abstinente. ¿Por qué? A veces envidiábamos su vida, su aurea mediocritas.2 Ser joven sin la carga de la inexperiencia, la modesta gloria académica, el amor de su familia y amigas, el cariño de pares y estudiantes, la casa siempre ordenada y sobria, el auto cambiado a los kilómetros correctos, hasta sus mascotas eran una muestra del deber ser. Pero.
No vale el esfuerzo recordar al padre de los mellizos. Una sola palabra lo definía: deleznable. La superficie mostraba a un señor enamorado, un futuro padre de familia de los que crían en serio a pesar de tener una gran vida profesional. Mientras, ella bebía cada vez más para soportar la careta. Quería olvidarse de que sobraba en ese pacto. Cortarse las alas y darse de cabeza contra las paredes pastel de esa jaula que todavía estaban pagando, pero que habitaba ella nada más. Ahogar su Afrodita en vino.
La mujer que empina el codo, por lo general se entregará a las lides de la cara pandemos3 de la diosa: el champán las pone mimosas. Y viceversa, la mujer ligera de cascos se abrazará a Dioniso. El vino siempre ha sido cuestión de los hombres. La guerra también lo ha sido. Y a veces la forma de frenar la guerra es con sexo y vino. Más bien, con falta de sexo y vino. Lo supo la Lisístrata de Aristófanes, la que disuelve las guerras. En esta comedia, atenienses y espartanas, aunque son muy aficionadas al sin distancia (y al beberaje) llevan a cabo un ritual. En un momento, juran sobre una copa enorme y negra (que debió ser un escudo) de vino tinto (que debió ser sangre) que hasta que ellos no calmen el cuerpito guerreroso, no habrá placer para nadie. Se suceden situaciones bastante graciosas, cómo es obvio. No vamos a ver una de pedos al cine para llorar, los griegos tampoco iban a ver a una de Aristófanes para agarrar impulso y patear el banquito. Finalmente, llega la paz. Negocian, se escabian…lo demás. Bastante lo demás. Tal vez vomitan. Se les mueve el piso. Ven doble.
¡Ven doble4! ¡Ven… en mellizo! Me mareo y me olvido de que estaba contando por qué María José no quería ir al aeropuerto sola. Cuando el deleznable volvía de algún viaje, yendo a buscarlo paraba en uno de esos hoteles. Tomaba un trago, dos y, envalentonada, retomaba esos últimos kilómetros avelocidad mínima. Prolongaba el momento en que tendría que sonreír y fingir, como él fingía que no le olía el aliento. Alargaba la sensación de que estaba lejos, haciendo amigos, en un país donde el anonimato y la falta de presión la hacían, por unos días, feliz. Para recordar que no iba a buscar el dolor era que me necesitaba en el asiento del acompañante.
Feliz navidad.
Dípsade (que tiene nombre de sed, δίψα) es una madama que aparece en los Amores del picarón de Sulmona. No conocía la sobriedad.
La dorada medianía del que es feliz con lo que tiene, sin dejarse llevar al exceso. Vuelvo al flaco:
Auream quisquis mediocritatem
diligit, tutus caret obsoleti
sordibus tecti, caret invidenda
sobrius aula.
(Odas II, 10 -A Licinio)
(Todo el que se contenta con la dorada medianía / carece, seguro, de la miseria / de un techo que se desmorona; carece también, / sobrio, de un palacio que provoque envidias)
Afrodita también es dual: Afrodita Urania (Οὐρανία), la celestial y Afrodita Pandemos (Πάνδημος) la sexual. Este desdoblamiento orienta a la primera al amor y a la segunda al erotismo y a la vez, a ser la que une a todos en un cuerpo (algunos la llaman Afrodita ¡pandémica! y en nuestro siglo tiene bastante sextido) .
Este fenómeno, más habitual en la ficción que en la realidad, se debe a la descoordinación fina del foco horizontal de los ojos cuando las neuronas se embotan con alcohol.

